A partir del reconocimiento del autonomitad del artistas en la vieja Europa, nació también otra forma de contemplación y logos narcisista en la historia de la cultura occidental. Como es sabido, en un inicio la mirada se dirigió hacia cosas o eventos exteriores, cual registro o documento de sucesos cotidianos con un denotado interés de probar la técnica novel. Así imágenes de paisajes, de un fragmento de arquitectura, o la llegada de un tren. Luego vinieron los estudios y la consiguiente exploración de mate-riales de soporte y técnicas de impresión (el metal, el cristal, el papel, la plata sobre gelatina, el Betún de Judea, etc.). Hasta que la confianza de lo real fue hecho manifiesto, entonces pasó a instituirse como nueva expresión del arte. Surgieron miles de estudios de artistas jóvenes por todo el mundo y el último tercio del siglo xix se vistió de gala para dar la bienvenida a la nueva era. Era que ha contribuido a la instauración de su propio mito sobre la admiración del cuerpo.
Retratarse o tomar otro cuerpo como modelo o referente, lleva implícito la acción contemplativa. Esto no supone que toda creación que utilice el cuerpo humano como motivo, ya sea en su totalidad o a modo de fragmento, tenga como fin una mera intención estético-expectante. Más bien que, el creador, en su acto íntimo de decidir sobre la instrumentación de un cuerpo en una obra, ya posee la noción elemental de que está realizando una propuesta de contemplación y disfrute propia, para la contemplación y disfrute ajena (de un público heterogéneo y mixto). Así, la multiplicidad de miradas sobre el cuerpo mostrado, expandido, fraccionado, sublimado, vejado o cualesquiera que sean las determinaciones discursivas, se hace eco de un reflejo y colectivizado. Es como si el espejo donde nos estemos mirando se rompiera de repente y en cada pedacito de vidrio veamos aquella imagen completa que veíamos al principio, y no una versión deformada de la misma; siguiendo contra la lógica común, un supuesto principio de clonación y no de fragmentación.
Desde su reconocimiento como medio de expresión artístico y desde su total generalización en una cultura occidental (recordemos que fue en Europa, a finales del xix y después de ganarle el debate al dibujo, de la cual se creyó que iba a ser su verdugo), ha funcionado como aquel lago primario que devolvía el reflejo del Narciso mitológico. En este caso, a diferencia del referido personaje griego y su historia, la imagen del cuerpo que devuelven las placas de plata sobre gelatina de la modernidad, son adaptaciones pasadas por la imaginería e ingeniosidad de cada hacedor. Como consecuencia, la imagen duplicada muestra un cuerpo ora metamorfoseado. Aunque sí será siempre una imagen concebida desde el modelo vivo sin tener en cuenta su nivel de probidad a la esencia narcisista de la contemplación.
La era de la clases de modelos vivo ha anulado ese intimismo de la mirada eximida, propia de la tradición escolástica del arte; y ha desplazado la exhibición del yo privado por el excentricismo de la particularidad. Mostrar un cuerpo en una obra de arte, ya sea físicamente el del artista o el de otros, se ha convertido en la llave del estrellato del ego. Sin pensar, demás, en que el grado de veracidad que inspira (ese no tener dudas de que lo que se muestra es real), se ha convertido en un excelente ejercicio público de auto reconocimiento.
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