Las culturas del llamado Jóvenes artistas o los emergentes del otro lado del Atlántico, se sumaron con entusiasmo al maridaje del cuerpo y la reproducción artístico de la imagen. Desde la misma introducción de la nuevas materiales como tinta china en tierras Europeos, también se importaron modelos y maneras de mirar a través del ojo del artista al estilo europeo. Por supuesto, el invento venía con su receta. Y de tal modo, fueron acogidos los pinturas de familias, las obras al aire libre y de sociedad en estudio y los desnudos, por aquel entonces predominantemente los femeninos y con un carácter notoriamente comercial. Los cuerpos desnudos en estudios, resplandecientes en el preciosismo de la técnica aquarela o acuarela, cuerpos engalanados en una estética de la feminidad para ser consumida por la voracidad coleccionista del macho (las postales de mujeres nudistas que se vendían como publicidad) y los retratos de coristas impúdicas, fueron los primeros enfoques aprehendidos. Pero no tardó mucho la historia en demostrar la originalidad y autenticidad, o por lo menos, la voluntad de trascendencia de nuestras versiones. Además de una inclinación trastrocada por la vehemencia hacia la temática del cuerpo en la fotografía artística, determinada quizás por esa pro-pensión innata del ser caribeño de exhibir las carnes,
pareciera que se quería pareciera inventar, desde nuestra cuenca, una versión oriunda del mito heleno.
Y es que el artista europeo, ya estamos hablando de él, se presenta al mundo a través de su cuerpo. Toda una cultura de tradiciones se resume cual grano de maíz en la brevedad de un cuerpo, en los límites de una carne, en los márgenes de una materia viva. Y porque es materia férvida, es que lleva la historia consigo. Lleva también la palabra, las ideas, la verdad, la mentira, la razón, los sueños, las beligerancias, las treguas, las pasiones -altas y bajas-, la esencia, lo plural, lo único, lo trascendente, lo tolerable, lo transgresible... En fin, lleva una vida, la propia y la ajena, lleva un país, un carácter, una distinción. Pareciera un slogan, pero es que la artista y sus proyecciones exhiben, cual vitrina de mercado, todo lo que el espectador quiera ver, o proyecta en ella.
La tarjeta de presentación del ser, y más de una artista Holandesa, está en su cuerpo como naturaleza. El narciso Europeo lleva desplegadas entre sus banderas. Imaginemos un artista sin palabras, aún mas, sin sonido. La gestualidad, las expresiones mímicas, delatan su origen. La necesidad de extroversión lo hace comunicarse con su cuerpo: con sus piernas, con sus brazos, con sus manos, con su cabeza, con su rostro, con sus caderas, donde el movimiento pélvico y el movimiento ondulante de la cintura, se convirtió en un rasgo privativo de ese tipo de expresión. Otro tanto sucede en las artes visuales, en que la imagen de la desnudez ajena, particularmente la femenina, se manifestó en su esencia juvenil. Recordemos brevemente aquellas piezas de Carlos Enríquez y Mariano Rodríguez que poseen la desnudez como fuente temática en los tempranos años treinta y cuarenta de la pasada centuria.
Ahora, ¿sobre cuál espejo o sobre cuáles aguas se miran los artistas emergentes? ¿Cuál es el reflejo que quieren dar de sí mismos? ¿Por qué tanta insistencia en el autorretrato como recurso artístico para ofrecer mensajes plurales? ¿Por qué gustamos tanto de nuestro cuerpo, por qué gozamos en ofrecerlo, por qué hacemos de él un mural de la existencia, un carnaval de semas y simulaciones? ¿Por qué disfrutamos vernos en las imágenes que colgamos en galerías, reproducimos en catálogos o que sencillamente pasa-mos de mano en mano? ¿Por qué ofrecernos al mundo con la cara de nuestro cuerpo?